La obra narra la historia de Semíramis, reina de Asiria y fundadora de Babilonia, mujer seductora, astuta y guerrera cuya existencia transcurre marcada por la violencia. El reino de Siria vive luchas fratricidas, traiciones y asaltos al poder por la fuerza y el engaño; esta mujer se enfrenta al dilema de cómo obrar frente a la emergencia: usurpación del poder, manipulación del pueblo y secuestro de la soberanía popular, que conduce a la inminente guerra. El dramaturgo plantea las preguntas que debemos hacernos para convertir el mundo en un lugar de justicia y bien, antes de ensuciarlo con la ambición, la depravación y la injusticia.
La hija del aire de Calderón de la Barca es un drama político y mitológico situado en un tiempo histórico lejano que se hunde en la noche de los tiempos. La leyenda de Semíramis y su corte puede ser cualquier reino totalitario y personalista, cualquier régimen absolutista en el que el acaparamiento del poder conduce a una sociedad hacia su destrucción. Esa destrucción, sea por el destierro a la áspera cárcel aislada o por la desolación del campo de batalla, será uno de los elementos clave de la poética visual del espectáculo. La batalla, la barbarie, la destrucción, el polvo de los desiertos del Asia Menor simbolizan una costra de culpa y de dolor que elimina la identidad de los individuos y la sociedad, hasta arrancarles su esencia humana y sus diferencias.
Esa identidad borrada, ese espacio y esos personajes desdibujados por las consecuencias de la guerra, la tiranía, la usurpación, el abuso de poder y el aniquilamiento del enemigo, hacen del universo calderoniano un lugar que pertenece a todos los tiempos y todos los espacios. Y en medio de ese caos, Semíramis, ser legendario nacido y criado por las aves, reivindica su derecho a gobernar como mujer y se erige en un símbolo de empoderamiento femenino, como un ave fénix que renace de las cenizas de una sociedad demolida, con una sed insaciable de poder y de libertad frente a un trágico destino inevitable.
Los escombros que cubre Babilonia son los que cubren cualquier tierra bombardeada, las ruinas de sus ciudades y campos arrasados por la guerra son todas las ruinas de todas las guerras. El hombre aniquilado en su expresión y su identidad por la barbarie y la injusticia es siempre el mismo que se encuentra una y otra vez a lo largo de los siglos. Como decía Erasmo de Rotterdam, de quien Calderón hereda el pensamiento humanista, «Dulce Bellum inexpertis», la guerra solamente puede ser hermosa para quien no la ha vivido nunca, no para quien la vence, la pierde, la sufre, la admite, y tampoco para quien la provoca.