Mi proyecto de puesta en escena de Julio César se remonta a 2006, cuando era director del Festival Shakespeare, un certamen que había comenzado su andadura un par de años atrás. Encima de la mesa teníamos muchos proyectos, procedentes de las compañías y grupos más dispares del país, así como un listado de proyectos propios que el festival quería poner en marcha, a modo de producciones propias. Entre ellos estaba este proyecto de Julio César, que pretendíamos representar seguido de Antonio y Cleopatra, la otra obra “romana” de Shakespeare, que es una continuación de la que nos ocupa. Por delante de este proyecto, se nos coló el estreno absoluto de una pieza inédita hasta entonces de Bernard-Marie Koltès: Le jours des meurtes dans l´hisotire d´Hamlet, obra que dirigí y que estrenamos en la edición de 2007 del Festival Shakespeare. Ahora, algunos años más tarde, retomo este proyecto, junto con las personas a las que ya involucré en su momento (Mario Gas y Sergio Peris-Mencheta) más un grupo de colaboradores que se suma al proyecto con una mirada renovada. Resulta una obviedad decir que Julio César es una obra de gran actualidad, puesto que todas las de los grandes genios en general, y de Shakespeare en particular, lo son por definición. Sin embargo, en el caso del título que nos ocupa, me gustaría destacar su conveniencia y oportunidad en el momento presente. Todos los expertos en Shakespeare coinciden en que el lenguaje de Julio César es tosco y directo, alejado seguramente de la riqueza estilística propia del dramaturgo inglés. Estoy convencido de que dicha austeridad verbal le confiere a la pieza una fuerza y una violencia poco común sobre el escenario. Me gustaría poner el acento de nuestro montaje precisamente en las palabras, en su fuerza poética y evocadora, y, de manera muy especial, en su capacidad provocadora, en su capacidad potencial para modificar el ánimo y alterar la conducta de quienes las escuchan. Una manipulación, la verbal, que casi siempre está al servicio del más fuerte, del que ostenta el poder, que casi nunca está al servicio del pueblo, es decir, de nosotros.
Paco Azorín