El carro de los comediantes conducido por el Autor invita a los espectadores a detenerse en un cruce de caminos para que asistan a los goces y sufrimientos de los personajes deLigazón de Valle-Inclán. Habla el Autor con palabras y versos de Federico García Lorca, en los que se celebra la rara belleza de nuestro teatro popular. Pero antes del inicio de Ligazón, el mismo Autor ruega silencio mediante la Loa del comediante, atribuida a Lope de Vega, versos del siglo XVII que sirven de pórtico a una obra del siglo XX: Ligazón. Sus personajes -El Afilador, la Mozuela, la Ventera y la Raposa acabarán dando cuenta de sus pecados en el Baile famoso del Infierno de Jacinto Alonso Maluenda, y que nos sirve de fin de fiesta. Valle-Inclán y Galicia, Lope de Vega y Madrid, Lorca y Granada, Maluenda y Valencia, crean la cartografía sentimental en la que sucede este Retablo de peregrinos, que sin prescindir de clásicos contemporáneos, como son Lorca o Valle-Inclán, bucea también en nuestra tradición teatral más desconocida. Este material se muestra en toda su riqueza a partir de una puesta en escena cuidada, aunando tradición y vanguardia, textos clásicos y lenguajes contemporáneos. Teatro físico, disciplinas circenses y bailes carnavalescos se suceden en torno al cruce de caminos en que se detienen los peregrinos y viajeros, caracteres tan heterogéneos como es el material textual presentado y el mismo espectáculo: el camino se convierte así en encrucijada, en camino espiritual, en estancia y posada transitoria que nos incita, nos condena o salva; que, en definitiva, nos transforma, como nos recuerda este espectáculo homenaje al camino y los peregrinos.